Sr. Chinarro / El fuego amigo
Hace ya tiempo que me gustarÃa dedicarme al coleccionismo de incunables pero como la economÃa no da para exquisiteces lo he dejado en libros de bolsillo de segunda mano. Es un mercado muy atrayente, por sólo unos céntimos das unas pinceladas de cultura vintage a tu estanterÃa y quedas bien con las visitas. Pero los artÃculos usados siempre han tenido un problema: la gente deja huellas. No suele ser grave: está bien adquirir unos vaqueros y ahorrarse el trabajo de gastarlos, y se tolera encontrar una pegatina en tu playstation usada. Pero ¿imaginan comprar un disco de segunda mano y ser agredido cada cuarenta segundos por las anotaciones verbales de un gafotas retardado con Ãnfulas de intelectual? Créanme, la gente lo harÃa si pudiera: he llegado a encontrar hojas de cuaderno metidas en el libreto de discos con tales pedanterÃas que el propio Sánchez Dragó hubiera vomitado tinta. Dénles tiempo y cualquier dÃa comprarán un disco que contendrá un Traxdata con los comentarios de un imbécil mezclados con las canciones. Amados lectores, he vuelto a ser victima de los mamarrachos que glosan libros. Y estoy hasta los cojones.
Tomé contacto con esa hez al poco de registrarme en la biblioteca viéndome sometido cada tres o cuatro préstamos a una feroz andanada de estupideces lanzada desde la intelectualidad de saldo que sólo pueden vomitar quienes leen con un lapicero en la mano. Esta gente no tiene bastante con ser imbécil y como necesitan dejar un testimonio escrito cubren los libros de glosas, subrayados y comentarios para que futuros lectores podamos reconocer “vaya, por aquà pasó un imbécil”. Por ejemplo, en una página de mi última adquisición de las palabras “.. una mujer con gran busto, encajada en una blusa, con anchas caderas..” emerge una flecha al lateral donde puede admirarse un agudo análisis literario: “N.B: gente gorda” propio de los más altos exponentes intelectuales.
Ya en El ventrÃlocuo no sólo se entendÃa la voz del Profeta sino que incluso las palabras llegaban a entenderse, cosas como he aprendido a hacer la O con la MarÃa y puños fuera o comoquiera que he soñado que tuviste asimismo un hermano sublunar. Pues bien, con El Fuego Amigo, no sólo entendemos las palabras sino que reconocemos asombrados la existencia de eso que algunos llaman frases. Frases que por supuesto no tienen ninguna conexión entre sÃ, no digamos sentido, pero que muestran al Nigromante menos crÃptico que nunca entrando con aplomo en terrenos peligrosos. Les contaré por qué.
De entre la gente a la que no le gusta Sr. Chinarro podemos distinguir dos tipos. A unos no les gusta porque no les gusta, porque sencillamente prefieren otra música. Sin embargo es sorprendente que gente aficionada a sus archiconocidas referencias (The Cure, Joy Division, Smiths) y que no tiene problemas al no enterarse de qué dicen Robert Smith, Ian Curtis o Morrissey, rechace con ardor la obra del Nostradamus sevillano. Todo esto tiene un motivo que por supuesto yo he desentrañado: esta gente es la misma que glosa los libros, y no puede permitirse que les guste Sr. Chinarro.
Apuesto a que si visitan el domicilio de uno de estos detractores y extraen algunos libros de su estanterÃa, los encontrarán violados con anotaciones. Y es que este tipo de anti-Chinarros son los mismos que pasan horas frotándose la mandÃbula delante de rectángulos de colores, los mismos que interpretan, analizan y extraen significados, y los anotan al margen para dejar testimonio de su excelencia intelectual. Para los imbéciles interpretadores gustar es entender, y cuando les gusta pero no entienden siempre queda el infalible comodÃn de adherirse al significado oficial (copiado de un libro del VIPS sobre arte, música o literatura) y dar el pego. Sin embargo el genio de Sr. Chinarro ha sido capaz de barrer del mapa cualquier posibilidad de interpretación, el Profeta es inescrutable, inmiselicorde y te enfrenta a solas con el absurdo haciendo trizas cualquier intento por consensuar un sentido a algo que no tiene ninguno, o los tiene todos. Sin entender a Sr. Chinarro ni contar con un sentido oficial que hacer suyo, el imbécil interpretador no puede permitirse que le guste porque no tendrÃa análisis que glosar al margen y se verÃa igualado a la plebe intelectual. A nosotros, que nos gustan las cosas por placer, que cantamos y bailamos con alegrÃa fábulas de besugos y tostadoras EN LUGAR DE PRINGAR LOS PUTOS LIBROS DE ESTUPIDECES.
SÃ, Sr. Chinarro ha decidido adentrarse en tierra peligrosa. Verán cómo El Fuego Amigo resulta mucho más del agrado de sus viejos detractores, verán cómo van oyéndoles comentar un “bueno, algunas no están tan mal”. El motivo es simple: sus nuevas canciones dan mayor facilidad para encontrar interpretaciones plausibles, y podrán glosar sin enfrentarse a la dolorosa certeza de que tampoco ellos entienden absolutamente nada. Usted y yo sabemos que en realidad todo es mera apariencia, que no se puede desentrañar a Sr. Chinarro, pero a ellos les dará exactamente igual porque son subnormales, y los subnormales no atienden a la sinrazón. Ante esto ¿qué hacer? Confiemos en el Oráculo pues en su infinita sabidurÃa proveerá por nosotros. Aquà en El Fuego Amigo nos entrega viejas profecÃas en la lÃnea de El VentrÃlocuo como las sobrecogedoras El peor poema y El Rayo Verde, recurre a la inspiración Planetaria para mostrarnos la luz de nuevos mundos en Remordimientos o Paso yo, nos destroza con El cabo de Trafalgar, y porque �?l lo vale se nos pone regional con el dúo imposible de J y Enrique Morente en El Rito. Tengamos fe pues. Señala el camino, oh Antonio, que nosotros te seguimos.
Y ustedes por favor, cuando lean dejen los lapiceros en el bote.
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